LA MISA DE HOY

PBRO. MARCELO BARRIONUEVO

Las verdades de fe que queremos manifestar, el misterio que queremos vivir, encierran en cierto sentido todas las dimensiones de la historia, todas las etapas del tiempo humano y abren, a la vez, la perspectiva de “un nuevo cielo y una nueva tierra” (Ap 21,1) la perspectiva de un reino que “no es de este mundo” (Jn 18,36). Es posible que se entienda erróneamente el significado de las palabras sobre el “Reino” pronunciadas por Cristo ante Pilatos, esto es, sobre el reino que no es de este mundo. Sin embargo, el contexto singular del acontecimiento en cuyo ámbito fueron pronunciadas, no permite comprenderlo así. Debemos admitir que el reino de Cristo, gracias al cual se abren ante el hombre las perspectivas extraterrestres, las perspectivas de la eternidad, se forma en el mundo y en la temporalidad. En efecto, se forma en el propio hombre mediante “el testimonio de la verdad” (Jn 18,37) que Cristo ha rendido en aquel momento dramático de su misión mesiánica: ante Pilatos, ante la muerte de cruz pedida al juez por sus acusadores. Así pues, nuestra atención no sólo debe ser atraída por el momento litúrgico de la solemnidad de hoy, sino también por la sorprendente síntesis de la verdad que expresa y proclama esta solemnidad.

El reino de Cristo se manifiesta, como enseña el Concilio, en la “realeza” del hombre. Es necesario que, bajo la luz, sepamos participar en todas las esferas de la vida contemporánea y transformarlas. Pues no faltan en nuestros tiempos propuestas dirigidas al hombre, no faltan programas que se invocan para su bien. ¡Sepamos releerlas en la dimensión de la verdad plena sobre el hombre, de la verdad confirmada con las palabras y la cruz de Cristo! ¡Sepamos discernir bien lo que declaran!, ¿Se expresa a la medida de la verdadera dignidad del hombre? La libertad que proclaman ¿sirve a la realeza del ser creado a imagen de Dios, o por el contrario apareja su privación o destrucción? Por ejemplo, ¿sirve a la verdadera libertad del hombre o expresan su dignidad la infidelidad conyugal, aún sancionada por el divorcio, o la falta de responsabilidad para con la vida concebida aunque la técnica moderna enseñe cómo desembarazarse de ella? Ciertamente, todo el permisivismo moral no se basa en la dignidad del hombre, ni educa al hombre en ella. (...).

La raíz más profunda de todo ello se encuentra, (...) en el constante desprecio de la persona humana, de su dignidad, de sus derechos y deberes y del sentido religioso y moral de la vida. Todo ello requiere de vosotros una animosa asunción de responsabilidad, proponiéndonos algunas “perspectivas concretas de compromiso” y exactamente: la construcción de una verdadera comunidad cristiana, capaz de anunciar el Evangelio de forma creíble; el compromiso cultural de investigación y discernimiento crítico, en constante fidelidad al Magisterio, en orden a un correcto diálogo entre la Iglesia y el mundo; el empeño por contribuir al incremente del sentido de responsabilidad social, estimulando en el clero y en los fieles la solidaridad por el bien común tanto en la comunidad eclesial como en la civil; el empeño, en fin, en la pastoral vocacional, hoy particularmente urgente y en la comunicación social. Cristo, en cierto sentido, está siempre ante el tribunal de la conciencia humana, como una vez se encontró ante el tribunal de Pilatos. Él nos revela siempre la verdad de su reino. Y se encuentra siempre, en tantas partes, con la réplica: “¿Qué es la verdad?” (Jn 18,38).